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28/09/2026
La ONU, sometida al imperialismo
Por Abel Pérez Zamorano
El 26 de junio de 1945, recién concluida la Segunda Guerra Mundial, se fundó en San Francisco, California, la Organización de las Naciones Unidas, con representantes de 50 naciones. Hoy cuenta con 193. La Asamblea General, máximo organismo de decisión, se reúne cada año en Nueva York y constituye uno de los foros más importantes de discusión global. La número 81 transcurre en estos días.
Sin embargo, en lo fundamental esas reuniones no dejan de ser más bien un mero protocolo, un ritual, para fotografías y discursos, pero sin capacidad ejecutiva ni efecto vinculante cuando de someter a las potencias imperialistas se trata. De entrada, su sede misma es reveladora del control de Estados Unidos (EE. UU.) sobre los organismos internacionales: la ONU en Nueva York y el Banco Mundial y el FMI en Washington. Esto ha permitido a EE. UU. incluso impedir, como hoy día, la llegada de los representantes de Palestina y de Sudán.
En la práctica, la ONU ha sido incapaz de realizar sus propósitos declarados, que quizás respondieron a la situación concreta del momento de su creación, cuando todavía los aliados de la Segunda Guerra no llegaban a la confrontación abierta. Pero vino luego la cruda realidad: la Guerra Fría, desatada por EE. UU. contra la Unión Soviética, líder entonces del mundo socialista y cuya existencia el imperialismo jamás aceptaría, ni mucho menos convivir en sana paz y armonía con ella: ve en el socialismo su enemigo mortal. Ni siquiera tolera que haya países mínimamente soberanos, incluso aunque sean capitalistas. El imperio exige la incondicionalidad absoluta; todo atisbo de independencia de los países no desarrollados le es insoportable y debe ser aplastado.
Pero, como reza el texto bíblico: por sus frutos los conoceréis. Veamos cuáles fueron los propósitos iniciales de la ONU y luego sus resultados. En la “Carta de las Naciones Unidas”, su documento fundacional, destaca el lema: “Paz, dignidad e igualdad en un planeta sano”, frase hueca que no ha descendido del etéreo mundo de la palabrería durante más de ochenta años. Sobre sus postulados fundamentales, dice la Carta: “Nosotros, los pueblos de las naciones unidas, resueltos: a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles; a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas; a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto (…) a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”. Y agrega: “Y con tales finalidades: a practicar la tolerancia y a convivir en paz como buenos vecinos; a unir nuestras fuerzas para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales; a asegurar, mediante la aceptación de principios y la adopción de métodos, que no se usará la fuerza armada sino en servicio del interés común, y; a emplear un mecanismo internacional para promover el progreso económico y social de todos los pueblos”. Esto promete la ONU.
Tolerancia, respeto, derechos fundamentales del hombre, dignidad y valor de la persona humana; ¡igualdad de derechos de las naciones grandes y pequeñas!; progreso social, libertad; convivencia “como buenos vecinos”… Sólo declaraciones grandilocuentes que pretenden aparentar que la ONU está por encima de los intereses de los gigantes financieros y monopolistas que devoran al mundo sin reparar en el empleo de los medios más brutales. Allí están las empresas armamentistas, los BlackRock y otros tiburones de las finanzas, verdaderos mandamases del planeta, muchos de ellos más ricos y poderosos que varios países juntos. Ellos se imponen sobre la ONU y los gobiernos de la órbita imperialista. Son los amos del mundo.
Dos casos exhiben palmariamente este sometimiento de la institución, que le priva de autoridad frente a las potencias imperialistas. El primero es Cuba, sometida durante 65 años a un implacable bloqueo, recrudecido en los últimos tiempos al prohibirle comprar petróleo, impidiéndole generar electricidad, indispensable para la vida humana. Es un crimen de lesa humanidad. En 33 ocasiones la ONU ha votado contra el bloqueo, sin resultado práctico alguno. El imperialismo se ríe de los “regaños”. El segundo caso: mediante la Resolución 181, la Asamblea General aprobó el 29 de noviembre de 1947 constituir dos Estados en tierras de Palestina (lo que en sí mismo era ya un despojo): el de Israel y el de Palestina. El régimen sionista simplemente respondió: “las fronteras las define la fuerza”, y bloqueó la resolución, obviamente con apoyo estadounidense.
Se habla de paz como un propósito central. Pero hoy vemos cómo el mundo se debate en guerras, desatadas todas ellas por la ambición imperialista de dominio global, y que encuentran la resistencia de los países asediados, que defienden su soberanía, su dignidad (como reza el lema de la ONU), su derecho a decidir sobre su propio destino. Recordemos sólo algunos casos recientes.
Desde los años noventa, EE. UU. ha desatado guerras a diestra y siniestra, sin que la ONU se inmute ni intente detenerlas. Algunos de esos casos han sido: la guerra contra Irak (1990 - 1991); Somalia (1992 - 1994); Bosnia y Herzegovina (1994 - 1995); Sudán (1998); Kosovo, Yugoslavia (1999). Y en este siglo destacan la de Afganistán (2001 - 2021); Irak desde 2003 hasta hoy; Libia (2011), un país hoy desmembrado; Siria ha sufrido desde 2014 bombardeos de grupos terroristas patrocinados por Washington.
El sionismo y EE. UU. masacran al pueblo palestino: más de 73 mil muertes en Gaza y arrasan el sur del Líbano. El 28 de febrero lanzaron la guerra y el as*****to selectivo contra Irán. El reino saudí ataca e impone un bloqueo a Yemen desde 2015. ¿Es éste el mundo de paz que se propuso la ONU en su carta fundacional? No. Es realmente la ley de la jungla, donde el más fuerte devora al más débil. Aunque a diferencia de hace algunos años, hoy los débiles resisten con éxito.
Y ante estas barbaridades perpetradas por los señores de la guerra, ¿dónde ha estado la ONU? Está allí, cubriéndolas con un manto de complicidad, legitimando todas esas crueldades –ostensibles violaciones a los principios de la institución– cometidas ante los azorados ojos del mundo entero. Así pues, no es un organismo con el respeto y la fuerza suficientes que le permitan ser en verdad garante de la paz mundial.
Para mejorar el desempeño de la ONU y hacerla realmente funcional y respetable existen iniciativas para reformarla, por ejemplo, incorporando al Consejo de Seguridad, como miembros permanentes, a países en desarrollo, como India, Brasil u otros de África, que no están representados. Quizá algo pueda resultar de ello, pero no cambiaría de raíz las estructuras globales de dominio a las que la ONU está sometida, no alteraría la correlación mundial de fuerzas, verdadero determinante.
A este respecto, a mi modo de ver, sólo con dos grandes acciones puede detenerse la barbarie, acciones que ya están en marcha. Primero, las organizaciones del Sur Global que han venido surgiendo en tiempos recientes, y que hacen frente al omnímodo poder imperialista, encarnando así la contradicción global de nuestros días. Tal es el caso de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), la Comunidad de Estados Independientes (CEI), o la Alianza de Estados del Sahel (AES), fundada en 2023, para la defensa mutua y cooperación económica de excolonias francesas en África. Aun así, mientras el mundo esté dominado por los monopolios imperialistas, habrá guerras.
La verdadera y última garantía de paz y seguridad en el planeta, sin depender de burocracias globales, es la resistencia misma de los pueblos, como ocurre hoy en Rusia, defendiéndose de la agresión de la OTAN en Ucrania; o como Irán, Yemen o las milicias del sur del Líbano haciendo frente al sionismo y a Estados Unidos. Únicamente los trabajadores en el poder podrán garantizar la paz mundial, pues ellos no tienen ambiciones de avasallar a nadie. Sólo cuando ellos gobiernen las naciones, podrá ser construida la gran fraternidad humana universal.
21/09/2026
El éxito de Ansarolá en Yemen, golpe al imperialismo
Abel Pérez Zamorano
Para entender mejor los recientes acontecimientos en Yemen, conviene recurrir un poco a los antecedentes. Desde 1978, el país estuvo sometido a un gobierno despótico, finalmente derrocado en 2011 por una protesta social. En un afán colonialista, Arabia Saudita, potencia económica vecina en la península arábiga, pretendió imponer un presidente títere, intento que enfrentó el enérgico rechazo de la organización Ansarolá (o Ansar Allah), movimiento patriótico del pueblo yemení, mejor conocido como los hutíes. Así surgió la guerra de resistencia que dura hasta hoy, sin definirse aún.
Desde hace 12 años, y con apoyo de sectores aliados locales, Arabia Saudí mantiene mercenarios en Yemen y sostiene un gobierno títere, con sede en Adén, no en Saná, capital oficial del país, donde gobiernan los hutíes. Desde 2015, los saudíes controlan más del 60 por ciento del territorio yemení y han impuesto también un duro bloqueo al aeropuerto internacional de Saná. Para ello han contado con apoyo en armamento, logística, financiación e inteligencia de Estados Unidos (EE. UU.). Es, pues, una fuerza de ocupación, una herencia colonialista.
Han impuesto un régimen de terror sobre la población nativa y reducido a millones a la extrema pobreza: “La crisis alimentaria de Yemen es resultado directo de la guerra. Su economía se ha reducido a la mitad desde 2015 y más del 80 por ciento de la población yemení vive por debajo del umbral de pobreza” (Oxfam). En pérdidas humanas, los bombardeos masivos saudíes “contribuyeron a la muerte de cientos de miles de yemeníes por la violencia, el hambre y las enfermedades, sin conseguir ninguno de sus objetivos políticos” (Xavier Villar, Resumen Latino). Pero la resistencia ha sido verdaderamente heroica, irreductible. Y cobra nuevos bríos en el actual contexto regional y mundial.
Contra el bloqueo saudí, desde el 20 de julio Ansarolá respondió bloqueando el paso de todos los buques de Arabia Saudita por el estrecho de Bab el-Mandeb: “Ansarolá ha atacado ocho buques en el Mar Rojo y ha obligado al menos a otros treinta a dar media vuelta para evitar el estratégico estrecho. El nuevo escenario ha provocado una caída brusca del 28 por ciento del tráfico marítimo en la zona, así como un fuerte aumento de los costes del seguro marítimo” (Xavier Villar, Resumen Latinoamericano).
En los días que corren, en una exitosa operación, el ejército de Yemen y las milicias de Ansarolá expulsaron de seis distritos a las fuerzas de ocupación saudíes, liberando un territorio de cinco mil 400 kilómetros cuadrados, principalmente en la costa occidental, y restableciendo así la soberanía nacional yemení sobre ese territorio. El 11 de septiembre, los hutíes se apoderaron de la importante ciudad portuaria de Moca, situada en la costa este del mar Rojo. Los territorios recuperados permiten a Ansarolá el control del estrecho de Bab el-Mandeb, salida sur del mar Rojo, hacia el golfo de Adén y el océano Índico; al extremo norte, el canal de Suez es la salida hacia el mar Mediterráneo, ruta que acorta en miles de kilómetros el trayecto naval entre Asia y Europa.
Pero Arabia Saudita sigue sosteniendo militar y financieramente a un gobierno títere (reconocido por EE. UU. y sus aliados), y mantiene el control del 60 por ciento del territorio yemení. Ansarolá exige ahora la retirada total de Arabia Saudita, que deje de apoyar a las fuerzas mercenarias, el pago de los daños causados en más de 15 años de ocupación y el cese del bloqueo aéreo y naval contra Yemen. Mas la fulminante victoria de los hutíes sobre el invasor no se limita a expulsarlo de buena parte del territorio. Produce graves daños inmediatos sobre la economía saudí, dependiente en alto grado de las exportaciones petroleras.
A raíz de la toma del Estrecho de Ormuz por Irán, y para poder seguir exportando crudo, Arabia Saudita desvía diariamente a través de su oleoducto Este-Oeste cuatro millones de barriles hasta su terminal en el puerto de Yanbu en el mar Rojo. Ahora, los hutíes han destruido un tramo del oleoducto (aunque se dice que los misiles provenían de Irak) que atraviesa la península arábiga, y han paralizado las operaciones de Yanbu. Arabia Saudí cuenta apenas con reservas suficientes para mantener las exportaciones máximo durante una semana. Además, los hutíes han destruido importantes instalaciones de Aramco, la gran petrolera saudí, por cierto, la mayor del mundo. Según especialistas, si Arabia Saudita no reactiva el oleoducto en cuestión de días, se reduciría en un cuatro por ciento el abasto mundial de petróleo, pero hacerlo, estiman, requerirá un mínimo de seis semanas. Así, en lo inmediato, las exportaciones ya no tienen salida y el país acusa un demoledor impacto económico, pues el petróleo constituye el 87 por ciento del valor de sus exportaciones, 22 por ciento del PIB y más de la mitad de sus ingresos fiscales. Esto pone de rodillas a la gran potencia petrolera y exhibe la incapacidad de su protector, EE. UU., para garantizarle la tradicional seguridad.
Pero los acontecimientos de Yemen tienen también implicaciones geopolíticas y económicas de alcance mundial. Al tomar el estrecho y las islas que lo dividen, Ansarolá adquiere estatus de potencia marítima, “el observador indiscutible de la seguridad en el mar Rojo”, dicen algunos analistas.
Queda significativamente limitado el tráfico marítimo mundial, pues una cuarta parte pasa por el estrecho. El 12 por ciento del petróleo mundial cruza por Bab el-Mandeb, y 20 por ciento por Ormuz. Considérese además que Arabia Saudita es el principal exportador de petróleo: 6.8 por ciento del consumo mundial. Esto ha provocado ya un drástico aumento en el precio del crudo y del gas, con un fuerte impacto sobre las economías del mundo capitalista, principalmente, y con graves consecuencias sociales y políticas por los efectos que esto provoca en términos de inflación y niveles de bienestar.
Lo ocurrido afecta el poder del dólar, pues derriba uno de sus pilares fundamentales, el petrodólar, de por sí ya bastante debilitado. Arabia Saudita es el aliado más fuerte de EE. UU. en el mundo árabe y venía protegiéndose bajo el paraguas militar de Washington. Ahora ya no tiene esa protección, pues ésta ha sido derrotada por Irán y ahora afectada en Yemen. Muy revelador a este respecto: ante la acometida de los hutíes, en días pasados el reino saudí pidió insistentemente a Donald Trump ayuda para atacarlos, pero éste, empantanado en la guerra de Irán, de la cual no encuentra cómo salir, se negó (al menos por el momento), dejando solo a su ahijado árabe.
En fin, a manera de conclusión, la resonante victoria de los patriotas de Yemen no sólo representa un avance en su propia liberación del dominio saudita. Irán resulta también beneficiado en su lucha contra la agresión estadounidense, pues los hutíes son aliados del país persa. Y se beneficia también la causa palestina, particularmente en Gaza, pues Ansarolá es uno de sus más enérgicos apoyadores. Favorece, asimismo, más en general, a los movimientos mundiales antiimperialistas, al debilitar a EE. UU., patrocinador del más alto nivel de la ocupación de Yemen; y, finalmente, con ello avanza el proceso mundial de descolonización. Los pueblos así liberados podrán ir forjando y fortaleciendo una gran alianza para su progreso y mutua defensa.
14/09/2026
Crímenes de guerra de Estados Unidos en Medio Oriente
Por Abel Pérez Zamorano
En la Franja de Gaza no hay una guerra, sino una masacre, pues no existen dos ejércitos confrontados. Hay una agresión de Israel, con apoyo estadounidense, contra la población civil: el número de mu***os rebasa ya los 73 mil. Es una labor sistemática de exterminio, de limpieza étnica. Próximamente se cumplirán tres años de este nuevo episodio de agresión contra el pueblo palestino, con renovado daño social y sufrimiento humano.
Según Unicef España, “En los dos últimos años se ha confirmado la muerte o la mutilación de la escalofriante cifra de 64 mil niños y niñas en toda la Franja de Gaza, entre ellos al menos mil bebés” (Unicef, ocho de octubre de 2025). Y agrega: “La crisis de desnutrición sigue siendo alarmante, especialmente entre los menores de un año. La falta prolongada de una alimentación adecuada ha perjudicado gravemente el crecimiento y el desarrollo de la infancia. En la Franja de Gaza, toda la población infantil menor de cinco años –más de 320 mil– corre el riesgo de sufrir desnutrición aguda (…) en el mes de julio, 13 mil niños y niñas fueron identificados con desnutrición aguda”. Un verdadero holocausto en Palestina cometido por el sionismo.
Los bombardeos han destruido el 85 por ciento de la infraestructura civil, edificios habitacionales, hospitales, depósitos de agua, escuelas. Todo reducido a escombros. Se está ejecutando en Gaza una demolición metódica total para volverla inhabitable; el objetivo es asesinar en masa a los gazatíes y obligar a los sobrevivientes a abandonar sus tierras. Todo esto al amparo del silencio cómplice de gobiernos aliados de EE. UU. Esos mismos gobiernos, ante las protestas de apoyo a Palestina, detienen a los manifestantes, amordazando así todo intento de solidaridad.
También en el sur del Líbano, Israel –con la connivencia del mundo “civilizado” y las “democracias occidentales”– bombardea ciudades y aldeas, mata población civil, ocupa territorios, destruye infraestructura. El seis de septiembre, por ejemplo, el hospital Qandour fue reducido a escombros. Suman 17 los hospitales seriamente dañados desde marzo; tres totalmente inhabilitados. Más horror: medios de prensa internacionales han denunciado reiteradamente que Israel está empleando municiones de fósforo blanco contra la población civil libanesa. Esta sustancia produce horribles quemaduras en la piel. Mientras tanto, los organismos internacionales miran hacia otro lado.
En Irán, la misma saña. Al inicio de la agresión, el 28 de febrero, Estados Unidos bombardeó una escuela primaria en Minab, dejando 168 niñas muertas. El mismo día fueron asesinados también el líder religioso de Irán, el ayatolá Alí Jameneí, su hija y su nieta de poco más de un año de edad. El bombardeo a la escuela no fue accidental. En primer lugar, es conocido el nivel de precisión que la tecnología garantiza en disparos de misiles: lo que llaman el Error Circular Probable, el radio del círculo donde impacta el misil. Los Tomahawk tienen un margen de error menor de cinco metros. Segundo, fue un bombardeo de tres golpes; con diferencia de minutos, tres misiles Tomahawk impactaron sobre la escuela. Fue, pues, un crimen premeditado.
Otro caso. El 1º de septiembre, en Kuhestak, al sur de Irán, fue bombardeada una boda, con un saldo de cinco mu***os y 70 heridos. Nada que ver con un campo de batalla. Dice el analista Mohammad Lotfi: “La masacre de Minab y la carnicería de Kuhestak están separadas por varios meses y ocurrieron en circunstancias muy diferentes, pero ambas fueron resultado de ataques deliberados”.
Todos estos crímenes de Israel y Estados Unidos están tipificados como crímenes de guerra por los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 y sus protocolos adicionales, que fueron ratificados por 196 Estados y tienen efecto vinculante. Los Convenios constituyen la base del derecho humanitario internacional y protegen la vida y los bienes de la población civil en casos de guerra. El artículo 53, por ejemplo, tipifica como crimen de guerra la destrucción de infraestructura civil. Hoy, la devastada Gaza evidencia la flagrante violación de estos principios del derecho internacional. Pero bien se ve que cuando a su interés conviene, el gran capital viola sin el menor empacho las normas que él mismo ha establecido. Es el derecho del más fuerte.
Es tal la barbarie y tan inocultable que, además de los afectados, otras voces de protesta se alzan, incluso dentro del imperio. “Wes J. Bryant, quien se desempeñó como jefe de evaluaciones de daños civiles en el Departamento de Guerra estadounidense (el Pentágono) y actualmente trabaja como analista de crímenes de guerra, cuestionó los estándares éticos y legales que guían la campaña militar de EE. UU. en Irán. ‘¿Está EE. UU. atacando intencionalmente a civiles en Irán? Lo está haciendo’, aseveró Bryant durante una entrevista con Al Jazeera (…) Según Bryant, su experiencia dentro del Pentágono le permite conocer cómo se documentan y revisan los objetivos militares. ‘Puedo decirles por experiencia que cada ubicación de objetivo se registra en múltiples niveles a lo largo de la cadena de mando’” (HispanTV, cuatro de septiembre).
Y crece el rechazo al salvajismo entre las mismas tropas estadounidenses desplegadas en la región del Golfo Pérsico. Más militares exigen su baja del ejército porque se les obliga a atacar a civiles indefensos. HispanTV publicó una noticia cuya fuente original es la cadena estadounidense MS NOW, medio ajeno a toda sospecha de proclividad hacia Irán. Dice la nota: “Soldados estadounidenses admitieron haber recibido órdenes del Pentágono para bombardear infraestructuras civiles en Irán, según la cadena MS NOW. La cadena habló recientemente con cinco soldados estadounidenses que quieren abandonar el ejército porque lo que vieron en los últimos meses tras la guerra contra Irán puso en tela de juicio sus creencias morales, indicando que ‘se les está pidiendo que violen el derecho internacional’. Uno de los militares (…) señaló que estas ofensivas ‘violan el derecho internacional humanitario tal como se define en los Convenios de Ginebra’ (…) La cadena indicó que, seis meses después del inicio de la guerra, aumentó el número de soldados que abandonaron el ejército por remordimiento, debido al incremento de víctimas civiles (…) Según la cadena, el bombardeo de la escuela en Minab en febrero, y la muerte de civiles en ese ataque, influyeron (…) Mike Prysner, quien dirige una línea telefónica de ayuda para que los militares se declaren objetores de conciencia en el Centro para la Conciencia y la Guerra, afirmó que su grupo ha visto un aumento de seis veces en las solicitudes desde el inicio de la guerra contra Irán el 28 de febrero, y agregó que la tasa actual es la más alta de los últimos 25 años” (HispanTV, cinco de septiembre).
En lo concerniente a las causas de la bestialidad referida, falsas explicaciones la atribuyen a causas morales, por ejemplo, a la “maldad” de Trump o de Netanyahu, o bien a una razón sicológica, como el desquiciamiento mental de esos gobernantes (situaciones ambas que no se excluyen). En Estados Unidos, tampoco radica la causa en la política o la ideología particular de los republicanos: los demócratas hacen lo mismo; y en Israel, antes de Netanyahu, sus antecesores procedieron igual.
Como causa más inmediata de los actos reseñados, destacan la impotencia militar y la desesperación de los mandos militares estadounidenses, que están sufriendo una bochornosa derrota frente a Irán, que exhibe la debilidad sistémica del otrora casi invencible ejército imperialista. Incapaz de derrotar a las fuerzas armadas iraníes y a su gobierno, firmemente respaldados por el pueblo, EE. UU. ataca a la población civil para aterrorizarla, forzarla a retroceder, retirar su apoyo al gobierno y empujarla a la rendición. Una vez rendido moral y políticamente el pueblo iraní –razonan los estrategas estadounidenses– se facilitaría la derrota del ejército. Pero a la luz de los hechos, ese cálculo es erróneo.
Pero la causa más profunda, sistémica, que empuja al imperio a cometer tantos crímenes es la necesidad de expansión del gran capital: una necesidad vital, que encuentra un obstáculo en los ahora estrechos límites nacionales y necesita expandirse más allá, hacia nuevos mercados y fuentes de materias primas. El imperialismo necesita el mundo entero para satisfacer su necesidad de acumulación; eso precisamente le impele a abrirse paso a sangre y fuego. Ése es el titiritero que mueve a Trump y a Netanyahu.
07/09/2026
México, sin independencia económica ni política
Por Abel Pérez Zamorano
En días pasados, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, reiteró: “Vamos a la guerra contra los cárteles. (…) Hegseth, continúa endureciendo el discurso injerencista de su país contra América Latina a través de la narrativa de la supuesta lucha contra el narcotráfico regional. Esta vez, durante una reunión del gabinete federal encabezada por el presidente Donald Trump, el jefe del Pentágono afirmó (…) Vamos a la guerra contra los cárteles a través de la coalición estadounidense anticárteles (el recién creado Escudo de las Américas)” (Sputnik, 29 de mayo).
Trump sigue amenazando con enviar tropas (aunque de facto ya operan aquí fuerzas de seguridad estadounidenses). Y el peligro aumenta por el coro de intelectuales mexicanos proyanquis que aplauden a rabiar esas amenazas e invocan el ingreso de fuerzas armadas estadounidenses, para que “vengan a poner orden y a aplicar la ley”. Pero cuidado. No nos equivoquemos, los cárteles son sólo el pretexto de Trump para intervenir en nuestro territorio y adueñarse de las riquezas que Estados Unidos (EE. UU.) aún no controla. Así entraron a Venezuela con el mismo discurso. Derrotado globalmente, lo que el imperio realmente busca es atrincherarse en su patio trasero. Nuestra soberanía nacional está amenazada, y con la servil colaboración de opinadores de la derecha al servicio del imperio. Así pues, no debemos desoír las amenazas de EE. UU., que ya atacó a Venezuela e Irán, y ahora amenaza a Cuba y a México. Y quienes claman porque EE. UU. venga a poner orden, ocultan perversamente que ya hemos vivido la amarga experiencia de invasiones estadounidenses, en una de las cuales perdimos el 55 por ciento del territorio. En 1823, a dos años de consumada la independencia de México de España, James Monroe proclamaba su doctrina “América para los americanos”; bien leído: “Latinoamérica para los estadounidenses”. Y actuó en consecuencia.
En marzo de 1824, recién surgida nuestra nación, se constituyó oficialmente el estado de Coahuila y Texas (en Texas nació el general Ignacio Zaragoza), con capital en Saltillo. Desde 1821, apenas consumada la independencia (y desde meses antes), el gobierno mexicano autorizó el establecimiento de colonos estadounidenses en Texas, quienes luego, como en silenciosa invasión, fueron ocupando el territorio; finalmente se hicieron mayoría, y en 1836 se declararon independientes y constituyeron una efímera república, inmediatamente reconocida por EE. UU. En 1845, el Congreso estadounidense anexó Texas como un nuevo estado de la Unión Americana. Se consumaba así el despojo.
En 1846, a 25 años de nuestra independencia, EE. UU. invadió México e impuso una guerra que duró hasta 1848. Con su victoria, consagrada en el Tratado de Guadalupe Hidalgo, nos arrebató más de la mitad del territorio nacional: consolidando la anexión de Texas, y apropiándose de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, la mayor parte de Colorado y parte de Wyoming. Conque salimos de una colonia para perder territorio y quedar sometidos a EE. UU., que nos considera su patio trasero e incluso su basurero. Vivimos, pues, una ficción de independencia, y lo más grave es que hay a quienes les agrada y conviene. La ultraderecha medra en ese ambiente ideológico cultivado por décadas y de profundas raíces económicas. Veamos sólo algunos ejemplos de esto último.
EE. UU. es el destino del 81 por ciento de nuestras exportaciones, lo que nos vuelve rehenes suyos. Asimismo, nos impone el consumo, mediante el mercado negro, del 90 por ciento de las armas que enlutan a miles y miles de familias mexicanas, todo para la ganancia del mortífero complejo militar-industrial estadounidense. Asimismo, dependemos exageradamente de las remesas enviadas por nuestros compatriotas emigrados (67 mil millones de dólares en 2025); en América Latina somos el primer receptor y, peor aún, el segundo en el mundo, sólo después de la India, y seguidos por China en tercer lugar; pero considérese que ambos países tienen una población más de 10 veces superior a la nuestra.
Dañina para la salud y la vida de los mexicanos, la industria refresquera es propiedad de EE. UU.: entre CocaCola y Pepsi controlan el 87.7 por ciento del mercado (El Economista, 17 de octubre de 2022). Las dos grandes cerveceras que dominan el mercado mexicano pertenecen a trasnacionales: Grupo Modelo, controlado por Anheuser-Busch InBev, con sede en Bélgica; y Cuauhtémoc-Moctezuma, perteneciente a la holandesa Heineken.
En el sector automotriz, formalmente somos el séptimo exportador, pero ocurre que aquí no se producen carros mexicanos. Somos ensambladores de empresas extranjeras, en primer lugar estadounidenses, como General Motors, y de empresas de otros países, como Nissan, Volkswagen, Ford, Toyota, etc. La maquinaria agrícola aquí utilizada es casi extranjera en su totalidad: el 91 por ciento del mercado está dominado por John Deere, Massey Ferguson, Ford, New Holland, Kubota y otras. En plaguicidas y agroquímicos el control extranjero alcanza el 80 por ciento, y agréguense las productoras de semillas mejoradas, igualmente extranjeras en su gran mayoría.
Las grandes cadenas hoteleras trasnacionales dominan el sector; e igual ocurre en otras áreas como equipo médico de alta tecnología, computadoras y software. Los aviones son importados: Boeing, de EE. UU.; Airbus, de Europa; Embraer, de Brasil. Para agotar esta serie de ejemplos diremos que el capital bancario que opera en México es en un 85 por ciento extranjero; es decir, en España, Londres o EE. UU. se decide el crédito aquí otorgado. No tenemos independencia financiera.
Como es lógico, el control económico ha derivado en el dominio imperialista de la política y la diplomacia mexicanas. Si no somos independientes en el terreno económico, tampoco podemos serlo en lo político. Consecuentemente, para conquistar la verdadera independencia debe promoverse un desarrollo autónomo e independencia económica, y condición para ello, se requiere disponer de capacidad tecnológica propia, ser creadores de tecnología de punta, para no seguir jugando el triste papel de simple maquilador, proveedor de mano de obra barata y exportador de fuerza de trabajo.
Pero además, debe promoverse en la juventud, en las escuelas y medios de comunicación una cultura patriótica que inculque un profundo orgullo por nuestra cultura, nuestros orígenes y raíces, y no vergüenza, como quieren los colonizadores y sus ideólogos de todo pelaje, esos que ahora suspiran por que venga Donald Trump a poner orden, pero en realidad, a fortalecer las cadenas que nos sujetan al imperio, como a Prometeo a su roca. Sólo cuando el pueblo sienta ese profundo orgullo nacional, los mexicanos sabrán responder con energía y coraje a las amenazas imperialistas y, llegado el caso, a sus ataques. Pero no olvidemos: toda esta labor de auténtica soberanía nacional sólo podrá ser obra de un gobierno genuinamente popular.
Y en lo que hace al pretexto, que sólo es eso, de venir “a hacer valer el derecho”, como argumentó Washington cuando invadió Afganistán, Irak, Siria y Libia, baste ver el caos que el ejército estadounidense dejó en esas naciones, sumidas hoy en el terror y la barbarie. Insisto, EE. UU. no viene a lo que dice.
Así que no debe caber duda alguna: los ilícitos cometidos en México deben ser investigados y juzgados aquí. El Estado mexicano debe asumir en serio su responsabilidad en la impartición de justicia, haciéndolo de manera firme, expedita y transparente, en estricto apego al debido proceso. Los mexicanos no debemos permitir que el imperialismo estadounidense, que hoy aparece en su forma más burda de neocolonialismo, se arrogue el derecho de venir a establecer leyes, juzgar e imponer sanciones, mediante la aplicación extraterritorial de sus normas. Como dijo Don Benito Juárez, “el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Para eso es necesario que el pueblo gobierne verdaderamente nuestro país; sin necesidad de buscar amos o jueces extranjeros; no necesitamos ni Maximilianos ni ejércitos franceses (o gringos); ni cortes extranjeras que vengan a gobernarnos. Los mexicanos debemos, y podemos, ser dueños de nuestro propio destino. Aprendamos de la experiencia histórica. No cometamos los mismos errores.
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